viernes, 28 de enero de 2011

Las grasas «malas» deprimen




Ya sabíamos que las grasas trans eran amigas del sobrepeso y malas para nuestro corazón, pero un estudio español ha concluido que, además, incrementan el riesgo de sufrir depresión. 
 
Los investigadores de las universidades de Navarra y Las Palmas de Gran Canaria han demostrado que la ingestión de grasas trans y saturadas potencia las posibilidades de desarrollar esta patología, mientras que el aceite de oliva, por contra, protege contra la enfemedad mental.
 
Para llegar a esta conclusión, realizaron un seguimiento de la dieta, el estilo de vida y las enfermedades de 12.059 voluntarios durante seis años. Al comienzo ninguno de los participantes sufría depresión, pero al final del estudio se detectaron 657 casos.
 
En los voluntarios con un elevado consumo de grasas trans (presentes de forma artificial la bollería industrial y la comida rápida, y en ciertos productos lácteos de forma natural) «el riesgo de sufrir depresión se incrementaba en un 48% comparado con los participantes que no ingerían este tipo de grasas», explica Almudena Sánchez-Villegas, profesora asociada de Medicina Preventiva de la Universidad de Las Palmas, y coautora del estudio. «Además, cuanto más se consumen, mayor es el efecto nocivo», añade la experta.
La protección del aceite de oliva
 
El equipo investigador, dirigido por Miguel Ángel Martínez-González, catedrático de Medicina Preventiva de la Universidad de Navarra, también analizó la influencia de las grasas poliinsaturadas (abundante en los aceites de pescado y vegetales) y del aceite de oliva en la aparición de la depresión. «Descubrimos que este tipo de grasas saludables, junto con el aceite de oliva, se asocian con un menor riesgo de sufrir depresión», destaca el investigador.
 
Así, los resultados del estudio corroboran la hipótesis de una mayor incidencia de la enfermedad en los países del norte de Europa en comparación con los países del sur, donde prevalece la dieta mediterránea.
Aún así, las cifras de depresión han aumentado en los últimos años, una circunstancia que Sánchez-Villegas achaca a «los cambios radicales en las fuentes de grasas ingeridas en la dieta occidental, donde hemos sustituido ciertos tipos de grasas beneficiosas -poliinsaturadas y monoinsaturadas en los frutos secos, aceites vegetales y pescado- por las grasas trans y saturadas que se encuentran en las carnes, mantequilla y otros productos como bollería y comida rápida».

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