viernes, 28 de enero de 2011

La sombra de Borges




La imaginación es tan azarosa como previsora. Por fortuna o desdicha, no posee -ni poseerá- fundamento alguno para sostenerla. Es creación, es albedrío, es sueño y los sueños, sueños son. Este maleficio es ineludible, imposible de modificar, y tal vez sea una certeza conveniente. También es inexcusable la asimilación de las múltiples creaciones que conviven en uno mismo. Desde luego son intangibles, acaso rudimentarias, pues no son existencias reales, sino cenizas de una invención que por modestia, mala suerte o precariedad, no llegó ni llegará a ser persona. Sin embargo existen, y podrá llamarse a este efecto -o ilusión- sombra, pues son edificaciones oscuras, quizá indeseables.

Jorge Luis Borges escribió "Deutsches Requiem", una narración que describe las últimas horas de Otto Dietrich zur Linde, un nazi condenado a muerte por torturador y asesino. El autor introduce como personaje a la sombra de zur Linde. Menciona la existencia de la misma y el repudio a esta zona oscura y su ulterior ofensa. El protagonista del cuento, entonces, tuvo un instante de sinceridad y de rechazo a sí mismo, e intentó -para lograr- ultrajar su sombra. Por lógica o paradoja, encuentra el modo de lograr vencer, al menos por un momento, su tenebrosidad. Dar muerte a su sombra, fue tal vez, el hecho que dictaminó su inmortalidad.

"...la piedad por el hombre superior es el último pecado de Zarathustra. Casi lo cometí (lo confieso) cuando nos remitieron de Breslau al insigne poeta David Jerusalem. Era éste un hombre de cincuenta años. Pobre de bienes de este mundo, perseguido, negado, vituperado, había consagrado su genio a cantar la felicidad."
"Hombre de memorables ojos, de piel cetrina, de barba casi negra, David Jerusalem era el prototipo del judío sefardí, si bien pertenecía a los depravados y aborrecidos Ashkenazim. Fui severo con él; no permití que me ablandaran ni la compasión ni su gloria."
"Ignoro si Jesusalem comprendió que si yo lo destruí, fue para destruir mi piedad. Ante mis ojos, no era un hombre, ni siquiera un judío; se había transformado en el símbolo de una detestada zona de mi alma. Yo agonicé con él, yo morí con él, yo de algún modo me he perdido con él; por eso, fui implacable.".

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