viernes, 28 de enero de 2011

Examen Final Oral, karma de todo estudiante universitario.





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Infinidades de descubrimientos se le atribuyen a la historia de la ciencia, pudo que Marta y Susana logren concebir un bebé, pudo que una huella humana se forme casi cinematográficamente en suelo lunático, pudo que un tunecino y un malayo distanciados en miles de kilómetros puedan tomar juntos una Quilmes bien helada, pudo que el poncho de un coya prehispánico sea de la lana de Dolly, pudo posibilitarnos estar en el reino de los cielos con solo ascender al Empire State, pudo decir “ponja, no te metas conmigo” arrojando dos honguitos nucleares devastadores, y hasta pudo tornar lindo el rostro de Tévez; sin embargo, lo que nunca consiguió hasta la actualidad es que el estudiante supere el nerviosismo ante un Examen Final Oral.








¿Mediante qué síntomas sabemos si un estudiante universitario se encuentra en las inmensidades de rendir un Examen Final Oral?



Desequilibrios alimenticios: Dieta estrictamente supeditada a galletitas Express, alfajores Tatín, mate, café, Migral.

Patologías en la salud: cólicos renales, náuseas, estallidos en la masa encefálica, erupciones volcánicas y formación de cordilleras en el cutis, ojeras de Fernanda Mejide, escucha de voces del más allá.

Alteraciones en la higiene: el cabello chorrea más grasa que el Programa de Anabela Ascar en Crónica TV, la barba llega a los tobillos, la piel comienza a escamarse por la falta de hidratación, pestilencias.






Dialécticamente, la secuencia de los hechos es universal y necesariamente la misma:



“No llego, te juro que no llego”. Es en esta etapa dónde recurrimos a todos los métodos habidos y por haber que nos enseña la incuestionable madre soberana de los conocimientos y costumbres: Preguntas Yahoo.
Así, nos transformamos en el Barman de Karl Marx, introduciendo en la multiprocesadora: 1 lata de Speed, 3 litros de Coca-Cola, 4 tazas de Café, 5 tabletas de Cafiasperina, Fosfovita molida a gusto.


“¿Y si no me presento?”. Ingresamos al paraíso celestial cuando esta maravillosa idea se nos enciende de repente iluminando nuestra mente. No advertimos que posteriormente todos estos sentimientos fortuitos se duplicarán, sino que sólo captamos a nosotros mismos tirados en el Caribe, escuchando Bob Marley, y con dos Pamelas Anderson haciéndonos masajes.


“¿Y ahora quién podrá ayudarme? Inmediatamente sobreviene un cúmulo de rituales esotéricos, espiritismo, autoflagelación, y la promesa de convertimos a la Congregación de las Monjas de Clausura. Encendemos la vela de los 586167 poderes, ponemos la foto del profesor más hdp en la boca del sapo y la cosemos, nos rezamos un rosario luego de cada pestañeo, hacemos el amor con la lechuza de la suerte que compramos por $0,50 en el Barrio Toba, llenamos el freezer con los nombres de los profesores más exigentes (y luego nos damos cuenta que si cumple el mito, nos terminará tomando el examen el encargado de limpiar los baños de la Facultad), plastificamos y recuadramos estampitas hasta de Santa Gumersinda, descargamos la escopeta en el gato negro que se cruzó por la ventana, alistamos la bañera con agua bendita traída del lago de Genesaret, caminamos sólo con el pié derecho, prometemos salto rana hasta la Basílica de la Virgen de Luján.


“Que copado sería el fin del mundo en este momento”. Y nos pasamos horas pegados a la ventana tratando de encontrar en el cielo a los cuatro jinetes del Apocalipsis, al plato volador de Día de la Independencia, al meteorito de Armageddon, a la ola polar de El Día Después de Mañana, o que llegue rápido el 2012. Deseamos que el colectivo descarrile y se sumerja en las profundidades del Paraná o que a algún trotskista sobrevivido se le ocurra la brillante idea de explotar la Facultad, resucitando solamente el Perro Vaca de las cenizas.


“Paredón, ametralladoras disparen”. Llegamos a la Facultad y comienza a bombardearnos todas las exigencias de los benditos compañeros, todos poseedores innatos de la verdad. “El cuadrito de las página 5489 de la Unidad 4856 toma si o sí”, “El Profesor no aprueba nunca a los que vienen vestidos de azul como vos”, “Tenés que saber si o si la similitud entre Bombita Rodríguez y Mauricio Macri”, “El tema que preparaste es el que el Profesor aborrece con todo su ser”, “Si no viniste a la clase de consulta que dio el Domingo a las 4 de la madrugada en la Villa Fuerte Apache, no te presentes”.


“Estoy batiendo cualquiera”. Ya estamos frente a frente a la mesa inquisitorial. Por un lado, se encuentran los 16 ayudantes de cátedras: uno trata de descifrar que tipo de Shampoo Pantene usás, el otro intenta con su mirad atarte los cordones de tus zapatillas, otro advierte que el tercer botón de tu camisa está casi desprendido, otro te scannea tu condición socioeconómica, otro busca la marca del sweater que traés puesto, otro pretende descifrar que crema astringente sería conveniente para el barrito que te creció en medio de la frente, otro mira la ventana, y el último se haya completamente concentrado y atento… para acordarse cual fue la última que bailó en Bailando por un Sueño la noche anterior.
En el medio, se ubica el Profesor, donde sus expresiones faciales son de proporcionalidad inversa a las acertadas que metiste en tus respuestas.


“Y bue, la próxima será”: ante una nefasta nota de resultado; afortunadamente nos abraza el consuelo de que la siguiente oportunidad será fructífera; la esperanza, cuan caja de Pandora, es lo último que se pierde.

“Oye, tu cuerpo pide salsa”: ante una grata nota de resultado; solo queremos ir a la próxima hoguera a incinerar los apuntes e inmediatamente salir de C-A-R-A-V-A-N-A.





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