lunes, 28 de febrero de 2011

La catástrofe que extinguió al 95% de las especies




Imaginemos por un momento que nos encontramos atrapados en nuestras rutinarias vidas, en la normal cotidianidad del día a día, pero entonces algo terrible ocurre. Una serie de eventos catastróficos se suceden y como resultado el 95% de las especies conocidas resultan completamente exterminadas. Toda la vida en la superficie terrestre desaparece; las innumerables especies de plantas y animales mueren paulatinamente, incluida la especie humana. Lo mismo ocurre con la vida en los océanos, todos los mamíferos, peces y crustáceos acuáticos sucumben inevitablemente. El planeta Tierra se convierte en un páramo yermo, desolado y estéril, donde las únicas especies sobrevivientes son algunas clases de hongos o microorganismos, y prácticamente no puede encontrarse vida reconocible a simple vista.



¿Parece el argumento de una exagerada película de catástrofes como muchas que hemos visto, verdad? Pues no, nada de películas, nada de ficción. Estos mismos eventos sucedieron, con fiel precisión, en lo que se ha denominado cómo la extinción masiva del Pérmico-Triásico, el evento más catastrófico y destructivo al que se ha enfrentado nuestro planeta, en el cual la vida en su totalidad estuvo a punto de resultar completamente exterminada.

La extinción masiva del Pérmico-Triásico ocurrió hace aproximadamente 250 millones de años. La vida en tiempos anteriores a este evento era muy diferente a como la conocemos en la actualidad. Increíbles y exóticas especies, muy diferentes a las actuales, poblaban la superficie terrestre y las profundidades oceánicas. Entonces la destrucción sobrevino y el 95% de las especies resultaron borradas de la faz de la Tierra. ¿Qué evento pudo haber sido tan catastrófico, masivo y global como para provocar tal nivel de extinción?



Diversas teorías fueron propuestas para explicar el proceso destructivo que provocó dicha extinción masiva: el impacto de un meteorito de gran tamaño, la extrema actividad volcánica, los violentos movimientos de las placas tectónicas, e incluso la explosión de una supernova cercana. Pero ninguno de estos eventos aislados parece ser suficiente para ocasionar tal grado de exterminio; es por esto que los investigadores sugieren que dos o más de estos factores podrían haber atacado al planeta simultáneamente.

El primer evento destructivo del cual tenemos evidencia fueron las denominadas Traps Siberianas, una región que en aquellos tiempos presentaba extrema actividad volcánica. En un fenómeno conocido como “erupciones de flujos de basalto” la corteza terrestre se fractura, liberando cortinas y continuos torrentes de lava a través de los continentes. Las más grandes, intensas y destructivas erupciones volcánicas que nuestro planeta ha presenciado se sucedieron durante periodos de miles de años. La consecuencia inmediata de esto fue la liberación de ingentes cantidades de polvo, cenizas y gases que cubrieron la atmósfera, bloqueando la luz solar y afectando a los organismos a escala global. Por otro lado, las grandes emanaciones de dióxido de carbono crearon un intenso efecto invernadero, que aumentó la temperatura del planeta en 5° C, lo suficiente para matar a muchas formas de vida.

Aunque un efecto invernadero prologado y un aumento de 5° C en la temperatura pueden ser devastadores para la vida, no son suficientes para explicar la extinción del 95% de las especies. Se estima como necesario un aumento de 10° C en la temperatura global para explicar el mencionado nivel de extinción. Es por esto que los investigadores salieron a la búsqueda de otro fenómeno, del cual tenemos amplios conocimientos de su poder destructivo, para explicar la extinción: la colisión de un meteorito contra la superficie de nuestro planeta.



En la actualidad contamos con amplias evidencias y un certero conocimiento de que hace 65 millones de años el impacto de un meteorito ocasionó la extinción de los dinosaurios y muchas otras especies. Se estima que el tamaño de dicho meteorito era de 10 km de diámetro y dejó como evidencia el gran cráter del Golfo de México. Para ser responsable de la gran extinción masiva del Pérmico-Triásico, un meteorito debería ser al menos un 50% más grande, aproximadamente de 15 km de diámetro.

Uno pensaría que un cuerpo de tal tamaño debería dejar un inmenso cráter como registro de la colisión, pero cuando los investigadores salieron a la búsqueda no pudieron encontrar tal cráter. Lo que sucede normalmente tras el impacto de un meteorito es que la corteza se reacomoda formando un cráter poco profundo de gran tamaño. Pero si el meteorito es lo suficientemente masivo, como al que nos estamos refiriendo, un proceso diferente ocurre. La magnitud del impacto es tal que literalmente fractura y derrite la corteza, haciendo que la lava fluya desde la fractura y rellene el cráter. Tras este proceso el cráter queda cubierto por la nueva capa superficial, es por esto que no hemos encontrado rastros de dichos impactos.

Continuando la búsqueda de explicaciones, los geólogos encontraron evidencias muy precisas en las rocas de las montañas de Groenlandia. Descubrieron que la extinción del Pérmico-Triásico no fue un evento repentino, sino que se desarrolló a lo largo de aproximadamente 80.000 años y en tres diferentes etapas. Una prueba clave encontrada en los registros fósiles fue el aumento radical de concentraciones de un material llamado carbono-12, a partir de la segunda etapa del proceso de extinción. Estas pruebas derivaron en una nueva hipótesis: la liberación de hidratos de metano.

En los fondos oceánicos, cerca de las costas continentales, existen inmensas reservas naturales de hidratos de metano congelados. Un incremento en la temperatura del planeta pudo haber producido la evaporación de estas reservas, elevando altísimas concentraciones de gas metano hacia la atmósfera. El metano es uno de los gases de invernadero más potentes, de modo que las concentraciones liberadas pudieron elevar la temperatura planetaria en 5° C adicionales. El gas metano es rico en carbono-12, lo que explicaría los descubrimientos realizados por los geólogos.



Aunque cada una de estas teorías parece constituir un evento destructivo aislado, no tiene que ser así. Podemos unir los eventos a través de las tres diferentes etapas en el periodo de 80.000 años que se presume que duró la extinción y recrear de esa forma la catástrofe completa.

En la primera etapa de la extinción, un masivo meteorito de gran tamaño colisionó contra la superficie terrestre, elevando altas cantidades de polvo que bloquearon la luz solar y afectaron a miles de organismos. La fuerza del mismo impacto hizo surgir fluidos de lava que cubrieron el cráter y ocultaron los rastros de la colisión. Pero la consecuencia más crítica de este golpe fue la creación de ondas sísmicas que produjeron la fractura de la corteza terrestre en el punto opuesto del planeta: las Traps Siberianas.

Tras la destrucción ocasionada por el impacto del meteorito, las Traps Siberianas empezaron a expulsar gigantescas cantidades de lava volcánica a la superficie, al mismo tiempo que inundaron la atmósfera con cenizas, polvo y gases de invernadero. Todo esto derivó en un incremento de 5° C en la temperatura del planeta. A lo largo de 40.000 años perecieron la mayoría de las especies que habitaban la superficie terrestre y se produjo un gran incremento de las temperaturas de las aguas oceánicas.

En la segunda etapa de la extinción, el incremento de las temperaturas oceánicas originó la evaporación de los inmensos reservorios de hidratos de metano, que se elevaron en forma de gas metano hacía la atmósfera. Este proceso arrasó con la gran mayoría de las especies marinas, y en tan solo 5.000 años casi la totalidad de estas especies se encontraban extintas. El abundante gas metano que colmó la atmosfera creó un prolongado e intenso efecto invernadero, que incrementó la temperatura planetaria en 5° C adicionales.

En la tercera etapa de la extinción, las elevadísimas temperaturas y el resto de los efectos perniciosos originados por las catástrofes mencionadas se encargaron de exterminar a las especies restantes durante un periodo que duro 35.000 años. Cuando este periodo finalizó, el 95% de todas las especies que habitaban el planeta Tierra se encontraban extintas.



A la vida en nuestro planeta le fue sumamente difícil recuperarse de esta catástrofe masiva. El árbol de la vida se vio severamente cortado y las pocas especies que se aferraron a la vida tuvieron que arreglárselas para repoblar el muerto planeta. Pero como podemos apreciar hoy en día, el éxito del fenómeno de la vida es sorprendente. La vida se resiste a ser exterminada aún en las peores condiciones. La evolución y la selección natural nunca se detienen, siguen alimentando y ramificando al árbol de la vida, aunque muchas de sus ramas y raíces hayan sido dañadas. La vida prospera de formas maravillosas siempre que encuentre la mínima oportunidad de hacerlo.

Como una de las tantas especies que pueblan este planeta, debemos estar agradecidos de dos cosas que parecen contradecirse entre sí. Por un lado, de esa increíble perseverancia que tiene la vida para resistir ante las condiciones más adversas. Y por otro lado, de esta clase de eventos catastróficos que renuevan el ciclo de la vida, eliminando a las especies dominantes y permitiendo que otras especies se abran camino a través de la evolución; es gracias a esto que los seres humanos existimos y poblamos la Tierra, una de las tantas consecuencias naturales de la increíble historia de nuestro planeta.

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